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Alemania, el colapso pastoral programado: cuando la bendición se vuelve profanación

La Iglesia en Alemania vuelve a situarse en el centro de la tormenta doctrinal con la difusión del folleto «La bendición da fuerza al amor», promovido por la Conferencia Episcopal Alemana (DBK) y el Comité Central de los Católicos Alemanes (ZdK). Bajo una aparente justificación pastoral, se pretende legitimar la bendición de todo tipo de parejas, incluso aquellas en situaciones objetivamente contrarias al orden moral natural y divino: uniones homosexuales, parejas de divorciados vueltos a casar civilmente, convivencias extramatrimoniales, etc.

Afortunadamente, cinco diócesis —Colonia, Augsburgo, Eichstätt, Passau y Ratisbona— han decidido no secundar este desvío pastoral, distanciándose con claridad del documento, y remitiéndose exclusivamente a lo indicado por la declaración vaticana Fiducia supplicans, que, a pesar de sus ambigüedades, establece que la bendición es a personas, no a parejas ni a su vínculo irregular.

La proliferación de estos ritos pseudo-litúrgicos bendicionales, que ignoran el contenido objetivo del vínculo a bendecir, constituye una violación del sentido mismo del sacramental, tal como lo define el canon 1166 CIC: «Son sacramentales las cosas o acciones que la Iglesia, por cierta imitación de los sacramentos, instituye para significar efectos principalmente espirituales». No puede haber bendición allí donde se persiste públicamente en un estado de pecado grave (cf. c. 915 CIC y Catecismo de San Pío X).

El magisterio tradicional ha condenado de manera inequívoca todo intento de justificar pastoralmente lo que contradice la ley de Dios. Lo recordaba San Pío X en el decreto Lamentabili Sine Exitu al rechazar «la doctrina según la cual las normas morales y los dogmas deben adaptarse a los tiempos». También lo reafirma la Humani Generis de Pío XII, al denunciar la subordinación de la doctrina a los sentimentalismos contemporáneos disfrazados de “apertura pastoral”.

No se trata de una cuestión secundaria o prudencial. Se está socavando el sentido mismo del orden sacramental, la naturaleza del matrimonio, y la comprensión de la gracia y del pecado. El obispo de Würzburg, al publicitar estas bendiciones incluso en ferias de bodas, no solo banaliza el ministerio pastoral, sino que convierte la bendición en instrumento de validación ideológica, atentando contra la santidad del ministerio sacerdotal y la unidad doctrinal.

La Iglesia no puede ni debe bendecir lo que Dios no puede bendecir. Hacerlo constituye, en palabras de Pascendi Dominici Gregis, una «corrupción del dogma en nombre de una falsa reforma». Urge una respuesta doctrinal clara desde Roma, que no se limite a interpretaciones diplomáticas de textos ambiguos. Y más urgente aún es que los obispos fieles, como los de Ratisbona y Colonia, perseveren con firmeza en su testimonio, no solo desmarcándose, sino denunciando con claridad este desvío.

No podemos permanecer indiferentes ni resignados. La fidelidad al Evangelio exige resistir públicamente estos abusos. La verdadera caridad no se separa jamás de la verdad.

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