La reciente reunión entre el arzobispo auxiliar de Santa Fe, Mons. Matías Vecino, y representantes de la Masonería Argentina, en el marco del debate por la reforma constitucional provincial, ha generado un serio motivo de preocupación para los católicos fieles a la Tradición. El eje de la conversación —la redacción del artículo 3 de la Constitución santafesina— no es un asunto menor: en él se establece que “La religión de la Provincia es la Católica, Apostólica y Romana, a la que le prestará su protección más decidida, sin perjuicio de la libertad religiosa que gozan sus habitantes”.
El documento presentado por la Iglesia local propone que, en la nueva Constitución, el Estado santafesino se declare “laico” y garantice la libertad de conciencia y de culto. Con ello, se abandona expresamente el principio histórico y jurídico de confesionalidad católica del Estado, reemplazándolo por una noción neutral que, en la práctica, supone la renuncia a reconocer oficialmente a Jesucristo como Rey y a la Iglesia como su Esposa legítima.
1. Laicismo y Masonería: una vieja alianza contra el orden cristiano
No podemos pasar por alto que la Masonería —condenada explícita y reiteradamente por el Magisterio, desde In eminenti de Clemente XII hasta Humanum Genus de León XIII— ha trabajado históricamente por la secularización de las instituciones, buscando desterrar la influencia de la fe católica en la vida pública. La propuesta “uruguaya” de un Estado laico no es sino la traslación de este ideario anticristiano a nuestro contexto provincial.
La Pascendi Dominici Gregis de San Pío X advertía contra quienes, desde dentro de la Iglesia, promueven ideas que socavan su misma base doctrinal y social, operando como “enemigos internos” que corroen la fe y minan la vida cristiana. La connivencia con los principios laicistas, y más aún su incorporación a un texto constitucional, sería una concreción de aquello que el Papa santo llamó la obra de demolición interna.
2. Derecho Canónico y deber de la Iglesia
El Código de Derecho Canónico recuerda que la Iglesia tiene el derecho y el deber de anunciar la verdad de Cristo también en el ámbito social (c. 747 §2 CIC). No se trata de una “opinión” que se negocia en la mesa política, sino de un mandato recibido de Cristo. Por eso, aceptar que el Estado se declare “neutral” en materia religiosa es, jurídicamente hablando, un abandono de ese deber, y doctrinalmente, un retroceso en la misión evangelizadora.
La Doctrina Social de la Iglesia enseña que el bien común incluye la dimensión espiritual de la persona, y que la autoridad política debe favorecer las condiciones para vivir conforme a la verdad sobre Dios y el hombre. Un Estado que renuncia a su confesionalidad católica abdica de esta obligación.
3. El riesgo de una apostasía jurídica
En el Catecismo Mayor de San Pío X, se enseña claramente que la Iglesia Católica es la única fundada por Jesucristo y Maestra infalible de todos los hombres. Que un Estado que históricamente ha reconocido esa verdad pase ahora a declararse “laico” es, en términos canónicos y morales, un acto de apostasía pública: una negación oficial de la fe que se profesaba, aunque se encubra bajo el ropaje de la “libertad de conciencia”.
La Humani Generis de Pío XII denunciaba el peligro de adoptar concepciones relativistas que terminan minando los fundamentos de la civilización cristiana. Declarar la laicidad estatal es, justamente, institucionalizar ese relativismo.
Conclusión
No se trata de un simple debate constitucional, sino de un punto de inflexión espiritual e histórico. La Iglesia en Santa Fe no debe avalar, ni siquiera tácitamente, un paso que implicaría dejar sin protección jurídica a la fe católica, abriendo las puertas a un pluralismo relativista que tarde o temprano desemboca en la persecución de la Verdad.
La misión de la Iglesia es clara: confesar a Cristo públicamente, sin componendas con doctrinas contrarias a la fe. Los pastores y fieles tenemos la obligación moral y jurídica de defender el artículo 3 tal como está, o incluso fortalecerlo, antes que diluirlo en un laicismo que es la antesala de la descristianización total.


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